
ANTES DE HALLOWEEN, LOS MONSTRUOS YA TOMABAN LAS CALLES DE ESPAÑA: EL COCO
El Coco era un personaje mitológico del folclore peninsular, descrito como una criatura o sombra sin forma fija; al nombrar al Coco damos forma a un monstruo poderoso, peludo y que robaba niños desobedientes para después comérselos
MONOGRAFICOS
Pilar Medina Rayo
Fotografía: El Coco. Emilio Baz Viaud. Exposición Casa de México. Pilar Medina Rayo.
Desde hace ya unos años, cada 31 de octubre los monstruos pululan por las calles libremente y, además, sin asustarnos. Naturalmente, me estoy refiriendo al popular Halloween, fiesta importada que parece estar desbancando con fiera rapidez a nuestras celebraciones tradicionales del Día de Todos los Santos y Día de los Fieles Difuntos (que se celebran el 1 y 2 de noviembre, respectivamente).
Las raíces de Halloween las encontramos en la antigua festividad celta del Samhain. En cuanto a la génesis de la festividad cristiana del Día de Todos los Santos, su origen se lo debemos al Papa Bonifacio IV que, sobre el año 609 o 610, señaló el 13 de mayo para la conmemoración de los mártires cristianos. Será entre los siglos VIII y IX cuando la fecha inicial sea modificada y cambiada al 1 de noviembre por medio de dos papas, Gregorio III, el artífice del cambio y elección del nuevo señalamiento, y Gregorio IV quien, en el año 835, extendió oficialmente esta celebración del 1 de noviembre a toda la Iglesia católica de Occidente bajo el mandato del emperador Luis el Piadoso.
Los historiadores coinciden en que el traslado de mayo a noviembre coincidió con la expansión del cristianismo hacia el norte de Europa. Los pueblos celtas celebraban el Samhain el 31 de octubre y el 1 de noviembre, una festividad que marcaba el fin de las cosechas y el inicio del invierno, donde se creía que las almas de los muertos regresaban a la tierra.
Para contrarrestar y cristianizar esta arraigada tradición pagana, la Iglesia superpuso el Día de Todos los Santos al 1 de noviembre, seguida inmediatamente por el Día de los Fieles Difuntos el 2 de noviembre (dedicado a rezar por los seres queridos fallecidos que están en el purgatorio). Por último, a la noche previa del 1 de noviembre la llamó All Hallows' Eve (Víspera de Todos los Santos), de donde deriva el nombre "Halloween".
Sin embargo, antes de que llegaran todos estos nuevos monstruos pidiendo caramelos a través de la consigna de “truco o trato”, así como orondas calabazas naranjas con sonrisas desdentadas y diabólicas; en nuestro folclore popular ya existían una serie de personajes que servían para amedrentar a los niños y que éstos obedecieran. Tal es el caso de la Bruja Coruja, el Hombre del Saco, el Ogro, el Tío Camuñas, el Lobo, y algún que otro monstruo más. Mas, en todos los hogares españoles, el clásico de los asustadores o asusta niños, era el Coco.
El Coco era un personaje mitológico del folclore peninsular, descrito como una criatura o sombra sin forma fija; al nombrar al Coco damos forma a un monstruo poderoso, peludo y que robaba niños desobedientes para después comérselos. Federico García Lorca afirmó que formaba parte del mundo infantil lleno de figuras sin dibujar, y su fuerza mágica es su “desdibujo”.
María del Mar Ramón Torrijos, en su artículo Literatura Infantil de Tradición oral. Una aproximación desde sus géneros afirma que nace en una época de superstición, donde se consideraba que el sueño era un estado sensible a la influencia de fuerzas malignas y ocultas. Las primeras experiencias con el Coco provienen de las nanas con las que se arrullaba al bebé. Quién no recuerda el canturreo: “Duérmete niño, duérmete ya, que viene el Coco y te comerá” o “Duérmete, niño chiquito, que viene el Coco y se lleva a los niños que duermen poco”.




Tenemos su primera referencia escrita en el siglo XV, a través del Cancionero de Antón de Montoro, donde podemos leer: “Tanto me dieron de poco, que de puro miedo temo, como los niños de cuna, que les dicen ¡cata el Coco!”. Igualmente, El Lazarillo de Tormes también lo dejó recogido entre sus páginas: “Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre e a mí blancos y a él no, huía del con miedo para mi madre y señalando con el dedo, decía: ¡Madre, Coco!”
Debido a la celebridad del personaje, sabemos por los cronistas de la época, que los españoles que iban con Vasco de Gama a finales del siglo XV, pusieron su nombre a un fruto, nunca visto anteriormente por ellos, con aspecto velludo y tres agujeros que parecían dos ojos y una boca, algo que, por aquellos lejanos tiempos, asemejaron a la cabeza del ser fantasmal con el que asustaban a los niños. Me estoy refiriendo al coco, el fruto del Cocos nucifera, vulgarmente conocido como cocotero; y que incluso hoy día seguimos utilizando su nombre, coco, como sinónimo vulgar de cabeza o cráneo.
Con respecto a su forma, poco sabemos de la figura que tenía el monstruo, aunque parece que era oscura, como una sombra. En 1611, Sebastián de Covarrubias decía sobre él que “En lenguaje de los niños vale la figura que causa espanto, y ninguna tanto como las que están a lo escuro o muestran color negro”.
También debía ser terriblemente feo, algo que popularmente sirvió para definir a cosas o personas poco agraciadas. De esta afirmación dejaron testimonio grandes escritores como Cervantes “(…) mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos”; y Quevedo que utiliza al personaje de forma cómica en su obra Entremés del Niño y Peralvillo, donde es el infante quien echa mano del monstruo para disuadir a unas mujeres que quieren hacerse con su bolsa diciéndoles: “¿Dame la bolsa? Coco, coco, coco”.
Goya nos lo muestra a través de su capricho Que viene el Coco, donde podemos apreciar el terror que los niños sienten ante el mito hecho realidad.


Fotografía: Que viene el Coco. Serie Caprichos (estampas y dibujos, 1797-1799). Francisco de Goya y Lucientes. RRSS.
Para Unamuno, el análogo al coco fue el Papua” y la Marmota. “Era ésta una cabeza de cartón –según supe después– para ensayar sombreros de señora, colocada sobre un armario de un cuarto oscuro, junto al cual jamás pude pasar sin terror”
Rodríguez Marín se refiere a él como el “Ser imaginario con que se infunde miedo a los niños; así se dice: más feo que un coco”, mientras que Antonio Machado y Álvarez afirma que ese ente surge de la oscuridad y es hijo del color negro.
Por su parte, el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española, de 1729, dice que es “Figura espantosa y fea, o gesto semejante al de la mona, que se hace para espantar, y contener a los niños”.
Etimológicamente se ha querido vincular al griego kakos, “deforme”, al latín cuculus, “capucha” o a manducus, que era el nombre que los romanos daban a un personaje teatral que llevaba una máscara de boca grotesca y dientes afilados.
Por último, este popular monstruo ficticio de origen ibérico se extendió a Iberoamérica a través de españoles y portugueses, convirtiéndose, al igual que en estos lares, en un monstruo popular que sirvió de inspiración para los autores allende de los mares
Pero ese Coco, que tantas veces nos asustó, se hizo viejo…
Con el transcurso de los años fue perdiendo fuerza y cayendo en el olvido, permaneciendo, quizás, oculto en algún rinconcito oscuro, aún sin evaporarse de nuestros recuerdos de niños.
Pilar Medina Rayo. Escritora, articulista, graduada en Derecho por la URJC y en la actualidad es funcionaria de carrera. Es una apasionada del arte, la mitología y la historia. Vocal/académica de la Academia Española de la Espiritualidad.
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