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DIOS: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA E HISTÓRICA

Ofrecer un recorrido equilibrado por las principales formas en que la idea de Dios se ha entendido a lo largo de la historia, los argumentos filosóficos más influyentes a favor y en contra de su existencia, y el lugar que ocupa esta cuestión en el pensamiento y la cultura contemporánea.

ESPIRITUALIDAD

Federico A. Sánchez

Es factible afirmar que pocas palabras, expresiones o afirmaciones han acompañado a la humanidad con tanta constancia como las palabras Dios, Divinidad, Espíritu. Bajo diferentes denominaciones, aparece en los textos más antiguos que la humanidad ha conservado, en los tratados filosóficos de todas las épocas y más modernamente en las constituciones de numerosos países, en el arte, en la música… No obstante, hay pocos enunciados que resultan tan difíciles de definir de manera clara y precisa; porque bajo ese mismo término conviven concepciones muy distintas: un ser creador personal que interviene en la historia, una fuerza impersonal que sostiene el universo, un principio abstracto de unidad, o simplemente una hipótesis que la razón humana necesita para explicar el mundo.

Este artículo pretende ofrecer un recorrido equilibrado por las principales formas en que la idea de Dios se ha entendido a lo largo de la historia, los argumentos filosóficos más influyentes a favor y en contra de su existencia, y el lugar que ocupa esta cuestión en el pensamiento y la cultura contemporánea. Se trata, ante todo, de una invitación a realizar un esfuerzo de reflexionar sobre una realidad esencial para el ser humano.

El concepto de Dios en las grandes tradiciones representa la forma en que las distintas culturas han concebido lo divino, que varía enormemente, y esa variedad es en sí misma reveladora de la complejidad del tema a desarrollar.

Concepciones sobre Dios

En el monoteísmo destacan las tradiciones abrahámicas —judaísmo, cristianismo e islam— comparten la idea de un único Dios personal, creador del universo, trascendente y a la vez implicado en la historia humana. En el judaísmo, Dios se revela como legislador y liberador de un pueblo; en el cristianismo, se añade la noción de encarnación y la doctrina trinitaria; en el islam, se subraya con especial fuerza la unicidad absoluta de Alá y su carácter incomparable con cualquier criatura de esta naturaleza. Debemos señalar que, pese a sus diferencias doctrinales, las tres tradiciones coinciden en presentar a Dios como un ser superior dotado de voluntad, justicia y misericordia, ante el cual el ser humano tiene responsabilidad ética y moral.

En el politeísmo y las religiones antiguas comprobamos como muchas civilizaciones remotas -Egipto, Mesopotamia, Grecia, Roma, o las religiones nórdicas y mesoamericanas- concibieron lo divino como una pluralidad de dioses, cada uno asociado a fuerzas naturales, actividades humanas o aspectos de la existencia. Estos panteones ofrecían un marco para explicar fenómenos naturales, regular la vida social y dar sentido a experiencias como la guerra, el amor o la muerte, sin exigir necesariamente una unidad última entre las distintas divinidades.

Para el panteísmo y panenteísmo identifican a Dios con la totalidad de la naturaleza (panteísmo) o sostienen que el mundo existe “en” Dios sin agotar su realidad (panenteísmo). Hay que señalar al filósofo Baruch Spinoza, probablemente el representante más significado de una visión panteísta, al identificar Dios con la sustancia única de la que todo es modo o manifestación. Este tipo de posturas diluyen la distinción clásica entre creador y su creación; encuentran eco tanto en ciertas corrientes filosóficas occidentales como en algunas escuelas del hinduismo, especialmente en las lecturas no dualistas del vedanta.

Sumergiéndonos en las tradiciones orientales, encontramos al hinduismo, que admite una notable diversidad interna: desde formas devocionales que veneran a divinidades personales (como Vishnú, Shiva o Devi) hasta concepciones más abstractas del Brahman como principio último de la realidad, más allá de cualquier forma o atributo. El budismo, por su parte, no se articula en torno a un dios creador; su interés se centra -como manifestó Buda- en la naturaleza del sufrimiento y en el camino hacia su cesación, aunque conviva históricamente con múltiples divinidades locales dentro de sus distintas escuelas. Estas tradiciones nos recuerdan que la pregunta que hace referencia a lo divino no siempre se formula en términos de existencia o inexistencia de un ser personal, creador.

Argumentos filosóficos clásicos a favor de la existencia de Dios

Dentro del desarrollo de la filosofía occidental se ha elaborado, desde la Antigüedad, distintas líneas argumentales para poder sostener racionalmente la existencia y realidad de Dios. Cometemos algunas de las más significativas.

El argumento cosmológico.

Santo Tomás de Aquino (1224/1225-1274, teólogo, filósofo y jurista católico perteneciente a la Orden de Predicadores, considerado el principal representante de la enseñanza escolástica) desarrolló varias versiones de este argumento en sus célebres “cinco vías”, identificando esa causa primera con Dios. En su obra Suma Teológica para demostrar la existencia de Dios a partir de la observación del mundo, siguiendo una estructura de causa a efecto. El argumento sostiene que todo efecto requiere una causa y que la cadena de causas no puede prolongarse indefinidamente sin llegar a una causa primera, incausada, que ponga en marcha el resto.

Variantes contemporáneas, como el argumento cosmológico kalam defendido por filósofos como William Lane Craig (1949, filósofo analítico y teólogo cristiano bautista estadounidense), ha desarrollado un argumento basado en la lógica y la ciencia y que le da sentido al origen y existencia de todo lo físico. Insisten en que el universo tuvo un comienzo temporal y que ese comienzo exige una causa externa a él.

El argumento teleológico o del diseño

Su punto de partida consiste en la observación de que el universo (en particular los organismos vivos) muestra un orden y una complejidad de tal magnitud que sugieren la existencia de un diseñador inteligente, de igual manera que un reloj sugiere un relojero. William Paley (1743-1805, filósofo, teólogo y apologista) formuló esta analogía de manera célebre a comienzos del siglo XIX. Si avanzamos en el tiempo, encontramos versiones que hacen referencia al denominado “ajuste fino” de las constantes físicas del universo, que nos señalan la incompatibilidad con la existencia de vida si fueran resultado del puro azar.

El argumento ontológico

Propuesto originalmente por San Anselmo de Canterbury (1033 -1109), sostiene que la sola definición de Dios como “ser aquel mayor del cual nada puede pensarse” implica su existencia, ya que un ser que existiera solo en la mente sería menos perfecto que uno que existiera también en la realidad.

René Descartes (1596-1650), filósofo, matemático y físico considerado el padre de la geometría analítica y la filosofía moderna y, en el siglo XX, Alvin Plantinga (1932) es un filósofo norteamericano con una versión modal (estudio del razonamiento sobre la posibilidad, la necesidad, la imposibilidad y la contingencia), han reelaborado este argumento, que sigue siendo objeto de intenso debate lógico.

El argumento moral

Sugiere que la existencia de valores morales objetivos -la convicción de que ciertas acciones son verdaderamente buenas o malas, y no meras convenciones- resulta más coherente si existe un fundamento último de esos valores, identificado con Dios. Inmanuel Kant (1724-1804) filósofo prusiano de la Ilustración que fue el primer representante del criticismo y precursor del idealismo alemán. Es uno de los pensadores más influyentes de la Europa moderna y de la filosofía universal, aunque crítico con las pruebas racionales de la existencia de Dios, consideró que la razón práctica postula a Dios como garante de la correspondencia entre virtud y felicidad.

Objeciones y argumentos en contra

En oposición a las posiciones manifestadas con anterioridad, la filosofía ha desarrollado también objeciones de peso, que han alimentado posturas agnósticas o ateas.

El problema del mal

Nos encontramos ante la objeción más antigua y todavía persistente: si Dios es todopoderoso, omnisciente y perfectamente bueno, ¿por qué existe el sufrimiento y el mal en el mundo? Epicuro (341-271 /270 a. C.) fue un filósofo griego, fundador de la escuela que lleva su nombre (epicureísmo), quién formuló esta hipótesis en la Antigüedad. Filósofos contemporáneos como John Leslie Mackie (1917–1981, filósofo analítico australiano) la han presentado como una incompatibilidad lógica entre los atributos divinos tradicionales y la realidad del mal.

Objeciones epistemológicas y científicas

Otras críticas señalan que los argumentos a favor de Dios cometen falacias lógicas, que apelan a lagunas actuales del conocimiento científico (el llamado “Dios de los huecos”) que tienden a reducirse con el avance de la ciencia, o que la navaja de Ockham, principio filosófico y metodológico atribuido al fraile franciscano, filósofo y lógico escolástico Guillermo de Ockham (1285-1347) aconseja preferir explicaciones naturales cuando resultan suficientes sin necesidad de postular una causa sobrenatural.

Bertrand Russell (1872-1970) filósofo y matemático británico resumió esta postura al comparar la carga de la prueba de la existencia de Dios con la de cualquier otra entidad no verificada empíricamente.

Crítica psicológica y sociológica

Pensadores como Ludwig Feuerbach (1804-1872, filósofo alemán) o Sigmund Freud (1856-1939, considerado como el padre del psicoanálisis) propusieron explicaciones alternativas sobre el origen de la creencia religiosa en Dios, entendiéndola como una proyección de deseos humanos -el anhelo de protección, de sentido o de inmortalidad- más que como el descubrimiento de una realidad trascendente.

Karl Marx (1818-1883, filósofo, economista, cocreador del marxismo) subrayó la función social de la religión como consuelo ante condiciones materiales de opresión, negando toda realidad trascendental del ser humano,

Posturas contemporáneas

Existe, en estos momentos un debate donde podemos encontrar distintas posiciones, no con facilidad reducibles a un simple “sí” o “no”.

El teísmo sostiene la existencia de un Dios personal, activo en el mundo, y sigue siendo la posición mayoritaria entre la población mundial. El deísmo admite un creador racional del universo, pero niega su intervención posterior en los asuntos humanos. Para el agnosticismo, popularizado por Thomas Huxley (1825-1895, biólogo y filósofo británico) considera que la existencia de Dios es una cuestión que escapa a nuestra capacidad de conocimiento cierto. El ateísmo niega explícitamente la existencia de cualquier ser divino, y ha ganado visibilidad pública en las últimas décadas de la mano de autores como Richard Dawkins (1941, biólogo evolutivo, etólogo, ​ zoólogo​ y divulgador científico británico), Daniel Dennett (1942- 2024) fue de los filósofos de la ciencia y escritor estadounidense) o Christopher Hitchens (1949-2011, filósofo, escritor, periodista inglés) dentro del llamado “nuevo ateísmo”.

Finalmente, posturas como el panenteísmo de proceso, desarrolladas a partir de la filosofía de Alfred North Whitehead (1861-1947, matemático y filósofo inglés reconocido como la figura que define a la escuela filosófica conocida como la filosofía del proceso) buscan tender puentes entre la denominada sensibilidad religiosa y una imagen del universo más abierta y en constante desarrollo y transformación.

Llegado este momento, es conveniente señalar que estas categorías no son excluyentes en la práctica, ya que muchas personas se sitúan en posiciones de contenido intermedio, combinando la duda existencial con una práctica religiosa vivencial.

Dios y la ética humana

Más allá del debate sobre su existencia, la idea de Dios ha cumplido históricamente una función central en la fundamentación de la moral, ofreciendo a muchas personas un marco de sentido, de motivación para la conducta ética y de esperanza frente al sufrimiento y la muerte.

El llamado “dilema de Eutifrón”:¿Es el piadoso amado por los dioses porque es piadoso, o es piadoso debido a que es amado por los dioses?, planteado ya por Platón (427-347 a. C., filósofo griego seguidor de Sócrates y maestro de Aristóteles fundador de la Academia de Atenas) sigue alimentando la discusión filosófica sobre si lo bueno es tal porque Dios lo manda, o si Dios lo manda porque es bueno en sí mismo. Aunque originalmente se aplicó al panteón griego antiguo, el dilema tiene implicaciones para las religiones monoteístas modernas. Esta pregunta pone en juego la relación entre la religión, una autonomía moral y su alcance en una racionalidad de forma práctica.

También es lícito afirmar que, al mismo tiempo, corrientes seculares defienden que la ética puede fundamentarse sin apelar a lo divino, a partir de la razón, la empatía, el contrato social o el bienestar común, mostrando que la relación entre religión y moral admite lecturas muy distintas y, en ocasiones en manifiesta oposición.

A modo de conclusión, podemos señalar que la pregunta acerca de la realidad de Dios ha dejado una huella profunda en la creación artística: desde las catedrales góticas y la pintura renacentista hasta la música sacra. Esta presencia constante en la cultura sugiere que, más allá de su resolución teórica, la pregunta acerca de la existencia de Dios sigue conectada con experiencias humanas de naturaleza fundamental: el asombro ante la existencia, la conciencia de la propia finitud y la búsqueda de sentido profundo de la vida.

Después de dos milenios de reflexión filosófica y teológica, la pregunta que hace referencia a la existencia de Dios permanece abierta, ya que se trata de una cuestión que combina elementos lógicos, empíricos, éticos y existenciales que admiten lecturas distintas y, hasta ahora, no concluyentes de manera universal. Lo que sí resulta innegable es que la idea de Dios -se afirme, se niegue o se ponga en suspenso- ha configurado de manera decisiva la historia del pensamiento, las instituciones sociales, el arte y la vida interior de la humanidad.

Es muy probable que el valor de esta pregunta no dependa únicamente de la respuesta a la que cada persona llegue, sino también del propio ejercicio de pensarla y meditarla con sinceridad, escuchando aquellos argumentos de quienes sostienen posiciones distintas a la propia, y reconociendo la magnitud de lo que está en juego cuando se pregunta, en definitiva, por el sentido último de la realidad, mi realidad como ser humano.

Federico A. Sánchez

Dr. en filosofía, teólogo, mentor espiritual, escritor con dieciséis libros publicados. Presidente de la Academia Española de la Espiritualidad. Director de Espìritusofía, Escuela del Alma. www.academiadelaespiritualidad.es


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