
SI QUIERES LA PAZ, CUIDA LA VIDA
Defender la vida significa impedir que sea destruida. Cuidarla significa preguntarse qué necesita para desarrollarse. Promoverla significa crear las condiciones y ofrecer las oportunidades para que la vida pueda florecer.
MONOGRAFICOS
Rafael Ubal López
De una "revolución mental" a una "espiritualidad del cuidado".
Relectura, desde 2026, de una reflexión publicada en 1984
1.- "Si quieres la paz, defiende la vida": En 1984, cuando escribí "Si quieres la paz, cuida la vida", el año 2000 se encontraba todavía en el futuro. Hoy, en 2026, aquel futuro ya forma parte de nuestra historia pasada.
Muchas de las amenazas que entonces parecían lejanas se han hecho presentes; otras han adquirido formas que difícilmente nos podíamos imaginar.
Y, sin embargo, la pregunta fundamental permanece viva. Ese es el motivo de este reencuentro. En aquel trabajo intentaba desarrollar una intuición de Pablo VI expresada en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1977:
"Si quieres la paz, defiende la vida". Pablo VI establecía entonces una relación profunda entre ambos Bienes: paz y vida son bienes supremos y correlativos. Y señalaba que para alcanzar una Paz auténtica era necesario "defender la vida, cuidar la vida y promover la vida".
Hoy me parece necesario detenerme especialmente en ese segundo verbo: Cuidar. Defender la vida significa impedir que sea destruida. Cuidarla significa preguntarse qué necesita para desarrollarse. Promoverla significa crear las condiciones y ofrecer las oportunidades para que la vida pueda florecer.
Quizá nuestra época haya aprendido mucho acerca de cómo "defenderse", pero no necesariamente acerca de cómo "cuidarse". Y aquí aparece la pregunta que atraviesa esta relectura: ¿cómo cuidar la vida cuando algunas de las instituciones creadas para organizarla terminan, ellas mismas, enfermándola y matándola?
2.- El futuro que llegó: En 1984 hablábamos del año 2000 como de un horizonte hacia el que caminábamos, la transición al Tercer Milenio. Hoy podemos mirar retrospectivamente aquel horizonte y comprobar qué sucedió con algunas de nuestras previsiones.
La explosión demográfica,
la degradación de la biosfera,
las desigualdades económicas,
la carrera armamentística,
la insolidaridad social,
el desarrollo científico y tecnológico sin suficiente orientación ética,
la crisis de los modelos políticos y económicos y
la incapacidad de las instituciones para responder adecuadamente a problemas globales que siguen formando parte de nuestra realidad.
Algunas amenazas han cambiado de nombre; otras se han agravado. La tecnología ha multiplicado extraordinariamente nuestro poder, pero no está claro que haya aumentado en la misma proporción nuestra capacidad para utilizarlo adecuada y responsablemente.
La pregunta que entonces comenzaba a formularse adquiere hoy una urgencia y gravedad mayores: ¿está creciendo nuestra sabiduría al mismo ritmo que nuestro poder?
Quizá éste sea uno de los grandes desafíos espirituales de nuestro tiempo.
3. La paz necesita una revolución mental: En aquel texto hablaba de la necesidad de una "revolución mental". Hoy sigo pensando que aquella expresión conserva toda su vigencia, aunque quizá necesitemos precisar su significado.
Una revolución mental no consiste solamente en cambiar nuestras ideologías y nuestras respuestas políticas y religiosas. Consiste en cambiar las preguntas desde las que interpretamos la realidad. Pasar de preguntar "¿quién tiene razón?" a preguntarnos "¿qué está ocurriendo entre nosotros?". Pasar de cuestionar "¿quién tiene el poder?" a plantearnos "¿para quién debe servir el poder?". Pasar de esforzarnos en "¿cómo podemos vencer?" a meditarnos "¿cómo podemos dejar de considerarnos mutuamente como enemigos?".
La paz no nace únicamente de la ausencia de violencia. Nace de una transformación de las relaciones que están haciendo posible la violencia. Por eso aquella frase de la UNESCO que yo recogía en 1984 conserva una extraordinaria fuerza: "si la guerra comienza en la mente de los hombres, es también en la mente de los hombres donde deben construirse las defensas de la paz". Pero hoy añadiría algo más: "si la violencia puede instalarse en las instituciones, también allí, en las instituciones debe comenzar su transformación".
4.- Invertir el rumbo de las cosas: En 1984 hablaba de la necesidad de invertir el rumbo de las cosas y recogía aquella conocida expresión de Paul Valéry: "El viento se levanta y hay que intentar vivir".
Hoy esa inversión me parece todavía más necesaria. Hemos organizado buena parte de nuestra civilización alrededor de la lógica del máximo beneficio económico. ¿Seríamos capaces de sustituirla por la lógica del máximo servicio? No se trata de negar la legítima búsqueda del beneficio y la rentabilidad, sino de preguntarnos qué significa realmente prosperar cuando la prosperidad de unos se construye sobre la precariedad de otros o sobre la destrucción del planeta que todos habitamos. Necesitamos invertir algunas de nuestras categorías fundamentales de pensamiento:
del poder, al servicio;
de la competición a la cooperación;
del control al cuidado;
de la imposición al diálogo;
de la conservación de las estructuras a la protección de las personas.
Tal vez aquí la Teología tenga todavía una palabra que decir: no para legitimar las estructuras existentes (como suele hacer) sino para recordar permanentemente que ninguna estructura está por encima de la vida humana.
5.- La vida exige invenciones para la vida: Ortega y Gasset comprendió que vivir humanamente significa inventar la propia vida. "Vivir es elegir".
A diferencia de otros animales, no recibimos completamente prefijado nuestro modo de vivir. La vida humana exige creatividad. Por eso la pregunta no puede ser solamente ¿cómo conservar el mundo que hemos heredado?, sino ¿qué mundo necesitamos inventar?
Creación y Evolución no son excluyentes sino complementarias. La humanidad ha sido extraordinariamente creativa para desarrollar armas, sistemas de control, mecanismos financieros y tecnologías capaces de transformar radicalmente nuestro entorno.
¿Seremos capaces de desarrollar una creatividad semejante para inventar formas nuevas de solidaridad, de convivencia y de cuidado? La vida exige invenciones para la vida.
Necesitamos una ciencia al servicio de la Paz Universal, una economía al servicio de las personas, una política al servicio del bien común y una tecnología sometida a criterios de responsabilidad.
La pregunta decisiva no es solamente ¿qué podemos hacer?, sino ¿qué debemos hacer con aquello que podemos hacer?
6.- De la "sociedad psico civilizada" a una sociedad capaz de cuidarse: En 1984 hablaba de la necesidad de construir una "sociedad psico civilizada". Pretendía expresar con ello, la necesidad de que el desarrollo técnico y material fuera acompañado por un desarrollo psicológico, educativo y ético capaz de gobernarlo razonable y sabiamente. Hoy esa necesidad se ha hecho aún más evidente. Nuestro poder tecnológico ha crecido extraordinariamente.
Pero seguimos siendo seres humanos atravesados por el miedo, la rivalidad, el resentimiento, la vanidosa necesidad de reconocimiento y la lucha partidista por el poder. Podemos contactar instantáneamente con millones de personas y, al mismo tiempo, ser incapaces de dialogar con quien tenemos al lado. Podemos enviar una nave al espacio y continuar reproduciendo conflictos infantiles dentro de nuestras instituciones. Podemos disponer de una inteligencia artificial extraordinariamente poderosa y continuar utilizando nuestra inteligencia natural para justificar la violencia.
Quizá la verdadera civilización consista en aprender a gobernar nuestras propias fuerzas. Una sociedad psico civilizada tendría que ser, ante todo, una sociedad capaz de cuidarse a sí misma.
7. - Del filicidio a la responsabilidad intergeneracional: En aquel trabajo hablaba yo de las "conductas filicidas". Utilizaba el concepto en un sentido amplio: no solamente refiriéndome a matar físicamente, sino también como sinónimo de abandonar, humillar, maltratar, despreciar, instrumentalizar o condenar a las nuevas generaciones a vivir en condiciones indignas.
Hoy podemos ampliar todavía más aquella reflexión. La cuestión intergeneracional no consiste solamente en preguntarnos ¿qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos?, sino también ¿qué hijos estamos formando para el mundo que les dejamos? Cuidar la vida significa asumir una responsabilidad simultánea hacia el futuro y hacia quienes ya están creciendo.
La violencia puede transmitirse de generación en generación. Pero también pueden transmitirse la solidaridad, la confianza, la capacidad de diálogo, el sentido del humor y la esperanza.
Una civilización que cuida a sus niños no solamente protege su futuro: se está curando a sí misma.
8.- Y aquí aparece una cuestión que en 1984 apenas intuía. Al releer hoy aquel texto, encuentro una cuestión que entonces apenas podía formular. No basta con transformar las estructuras económicas, políticas o militares.
También necesitamos transformar las propias instituciones que organizan nuestra convivencia. Y esto afecta de manera especial a las instituciones religiosas y políticas.
Nuestras instituciones necesitan urgentemente curarse de sus propias patologías.
Utilizo deliberadamente la palabra «curarse», no en sentido clínico, sino antropológico y espiritual. Porque una institución puede haber sido creada para servir a la vida y terminar convirtiéndose en un mecanismo de defensa de sí misma. Puede comenzar protegiendo a las personas y acabar protegiendo sus privilegios. Puede nacer para transmitir una verdad y terminar preocupándose más por conservar su autoridad que por buscar la verdad. Puede haber sido creada para cuidar y terminar administrando el Miedo y la Muerte.
Aquí aparece una intuición que considero especialmente importante para esta relectura: la necesidad de que nuestras instituciones religiosas y políticas se curen de la patología trágica propia de los dioses griegos, heredada en determinados imaginarios religiosos en torno al "Calvario Cristiano".
9.- ¿Y si las instituciones también necesitaran "psicoterapia"?: La referencia a los dioses griegos no pretende identificar sin más la tradición cristiana con la mitología griega.
La diferencia es radical. Pero resulta difícil negar que la historia humana, también dentro de las religiones, ha podido reproducir algunos de aquellos comportamientos arcaicos: rivalidad, celos, lucha por el poder, venganza, castigo, culpabilización y necesidad de víctimas.
Los dioses griegos aparecen muchas veces atrapados en sus propias pasiones. Y los seres humanos, sometidos a ellos, quedan igualmente atrapados en una lógica trágica.
La cuestión que hoy me interesa plantear es si algunas instituciones humanas pueden reproducir "inconscientemente" esa misma estructura. ¿Y si las instituciones necesitaran también "psicoterapia"? No se trata de convertir la política o la religión en pacientes clínicos.
Se trata de introducir en ellas una capacidad de autocrítica, reconocimiento de sus heridas y transformación de sus mecanismos de defensa. Una institución sana tendría que poder preguntarse:
¿Qué estamos defendiendo realmente? ¿A quién estamos protegiendo? ¿A quién estamos excluyendo? ¿Qué sufrimientos estamos produciendo? ¿Qué miedos estamos alimentando? ¿Somos capaces de reconocer nuestros errores? ¿Estamos al servicio de la vida o hemos convertido nuestra propia supervivencia institucional en un fin?
Quizá una institución comienza a curarse precisamente cuando deja de considerar que necesita tener siempre razón.
10.- Del Dios que exige sacrificios al Dios que cuida la vida: Aquí aparece inevitablemente una cuestión teológica de fondo. La historia religiosa de la Humanidad ha conocido imágenes de divinidades que exigen sacrificios.
El sacrificio aparece como una forma de aplacar al poder, conseguir su favor o evitar su castigo. El cristianismo introduce una novedad radical que no deberíamos olvidar: el Dios revelado en Jesús no se presenta como un poder que necesita víctimas para mantenerse, sino como un Dios que se entrega.
Sin embargo, la historia cristiana ha podido interpretar en ocasiones el "Calvario" de manera que el sufrimiento, la culpabilidad o el sacrificio quedaran religiosamente legitimados y consagrados (Una Historia Sagrada Sacrificial).
Por eso debemos atrevernos a formular una pregunta incómoda: ¿Hemos comprendido siempre el "Calvario" como revelación de un Dios que se entrega por Amor (Haz de mí lo que quieras), o lo hemos ritualizado para siempre en la justificación religiosa del sufrimiento, de la culpa original y del mérito de la salvación por la ascesis y el sacrificio?
La diferencia es decisiva. No es lo mismo un Dios que exige víctimas que un Dios que se pone del lado de las víctimas. No es lo mismo un sacrificio exigido por el poder que una entrega libre por amor (Haz de mí lo que quieras). No es lo mismo una institución piramidal necesitada de esforzados y heroicos costaleros sacrificados que una institución dispuesta a dar de sí para ofrecer más oportunidades de vida y de igualdad. Tal vez una de las grandes tareas espirituales de nuestro tiempo consista precisamente en realizar esta distinción.
11. La teología como laboratorio de vida. En 1984 hablaba de las Facultades de Teología como posibles "laboratorios de la vida". Hoy sigo pensando que la teología tiene una extraordinaria responsabilidad en este sentido. No puede limitarse a conservar respuestas elaboradas para preguntas del pasado. Tiene que atreverse a formular las preguntas que nuestro presente todavía no sabe responder. La teología debería ser capaz de dialogar con la ciencia, la psicología, la política, la economía, la ecología y las nuevas tecnologías, pero también empatizar con la experiencia concreta de las personas. Y debería hacerlo desde una pregunta fundamental: ¿esta manera de pensar favorece o dificulta la vida? Quizá una teología renovada tenga que recuperar su capacidad de imaginación. No una "teología-ficción" evasiva, sino una teología capaz de imaginar futuros humanos posibles. Una teología que no tenga miedo de hacerse preguntas nuevas. Una teología capaz de escuchar el sufrimiento antes de explicarlo. Una teología que prefiera acompañar al ser humano antes que juzgarlo. Y, sobre todo, una teología que no olvide que el Dios de la vida no puede ser utilizado para justificar aquello que destruye la vida.
12. Una espiritualidad que pase de la defensa al cuidado. Pablo VI nos ofreció una intuición que conserva una enorme fecundidad: "defender, cuidar y promover la vida". Quizá podamos leer hoy esos tres verbos como tres momentos de una misma espiritualidad. Defender, cuando la vida está amenazada. Cuidar, cuando necesita acompañamiento. Promover, cuando queremos crear las condiciones y oportunidades para que pueda desarrollarse. Pero añadiría hoy un cuarto verbo: curar. Curar las heridas personales. Curar las relaciones. Curar las instituciones. Curar nuestras imágenes de Dios. Curar nuestra manera de entender el poder. Curar, incluso, nuestras formas de entender la paz. Porque cuidar la vida exige también curar aquello que, habiendo sido creado para servirla, termina enfermándola y destruyéndola.
13. Paz: mucho más que ausencia de guerra. En 1984 la amenaza nuclear ocupaba un lugar central en nuestra preocupación. Hoy existen nuevas formas de guerra, nuevas formas de violencia y nuevas formas de polarización excluyente. Pero también existen formas de violencia que pueden resultar menos visibles y más sutiles. Puede existir una paz aparente basada en el miedo. Una paz basada en el silencio de quien no puede hablar. Una paz institucional basada en la obediencia debida. Una paz familiar autoritaria basada en la resignación de los obedientes. Una paz religiosa basada en el temor. Una paz política basada en la exclusión del adversario. Todo eso puede parecer paz y, sin embargo, no serlo. La paz auténtica necesita justicia, libertad, reconocimiento mutuo, diálogo y cuidado. Por eso quizá debamos preguntarnos no solamente "¿cómo evitar la guerra?", sino "¿qué clase de convivencia hace innecesaria la guerra?"
14. El reencuentro. Al volver hoy sobre aquel texto de 1984 no siento tanto la necesidad de corregirlo como de reencontrarme con él. Aquel joven que escribía mirando hacia el año 2000 intuía algunos problemas que hoy se nos presentan con mayor claridad. Pero también descubro algo que entonces no veía suficientemente: no basta con cambiar las estructuras externas si no somos capaces de transformar las dinámicas internas que las mantienen. No basta con desarmar los ejércitos si seguimos armados de resentimiento. No basta con firmar tratados de paz si seguimos necesitando enemigos. No basta con reformar las instituciones si no aprendemos a reconocer las patologías que pueden instalarse dentro de ellas. No basta con hablar de Dios si nuestra imagen de Dios continúa justificando el miedo, la culpabilidad o el sacrificio. Por eso el verdadero reencuentro entre aquel texto y nuestro presente podría resumirse en una serie de preguntas:
¿Somos capaces de gobernar nuestro poder? ¿Somos capaces de cuidar la vida? ¿Somos capaces de transformar nuestras instituciones? ¿Somos capaces de dejar de fabricar enemigos? ¿Somos capaces de sustituir el sacrificio por el cuidado? ¿Somos capaces de pasar de una militarización que necesita víctimas a una civilización que protege la vida? Tal vez ésta sea hoy la verdadera revolución mental que necesitamos.
Epílogo. Una última inversión: En el libro del Deuteronomio encontramos una exhortación que atraviesa los siglos: "Escoge la vida para que vivas tú y tu descendencia". En 1984 quise escuchar aquella invitación como una llamada a construir una civilización de la vida. Hoy, después de más de cuatro décadas, sigo creyendo que esa llamada conserva toda su fuerza. Pero ahora la formularía de otro modo. No habrá revolución mental verdadera si no se transforma también la manera en que organizamos nuestra convivencia. No habrá paz verdadera si nuestras instituciones continúan reproduciendo las patologías que pretendemos superar. No habrá espiritualidad de la vida si nuestras imágenes de Dios siguen necesitando víctimas. No habrá futuro humano si no aprendemos a cuidar aquello que hace posible la vida. Quizá podamos resumir este largo recorrido en unas pocas inversiones:
de la guerra a la paz;
de la violencia al cuidado;
del poder al servicio;
del sacrificio a la entrega entusiasmada;
de la culpabilización a la responsabilidad;
de la exclusión a la reconciliación;
de la institución que se protege a la institución que protege;
y de una espiritualidad que teme a la vida a una espiritualidad que la celebra.
Pablo VI nos dejó una fórmula que continúa abierta: "defender, cuidar y promover la vida". Yo me atrevería hoy a añadir una cuarta tarea: curar aquello que enferma la vida. Porque quizá éste sea el verdadero reencuentro entre aquel texto de 1984 y nuestro presente. La paz no se construye solamente desarmando las manos. Hay que desarmar también las conciencias. Y no basta con desarmarlas. Hay que enseñarles a cuidar.
Referencias
PABLO VI, "Si quieres la paz, defiende la vida", Mensaje para la X Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 1977, Vaticano, 8 de diciembre de 1976.
UBAL LÓPEZ, Rafael, "Si quieres la paz, cuida la vida. Desarrollo de una idea de Pablo VI", en Actas del III Simposio de Teología Histórica, Valencia, 1984, pp. 369-375.
Rafael Ubal López
Psicólogo, teólogo, presidente de la Asociación Donantes de Risas, vocal/académico de la Academia Española de la Espiritualidad.


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